Alta Sensibilidad y el Poder de las Micro Pausas: Un Descanso para el Alma
- Agustina Krause
- 23 feb
- 3 Min. de lectura
Ser altamente sensible es un regalo, pero también puede ser un desafío. Muchas veces, asumimos que con dormir ocho horas al día ya estamos cubiertos, que el descanso nocturno es suficiente para recargar energías. Pero la realidad, para quienes vivimos con esta intensidad emocional y sensorial, es que no termina ahí. El verdadero reto está en cómo gestionamos nuestra energía a lo largo del día, porque si no lo hacemos, el cansancio no nos lleva a descansar… nos empuja a sobre activarnos.
Cuando el cansancio no significa descanso
Las personas que no son altamente sensibles tienen una ventaja que a veces ni siquiera notan: cuando están agotadas, simplemente descansan. Así de fácil. Pero para nosotros, el cansancio puede ser una trampa. En lugar de parar, nuestro cerebro se enciende como si fuera medianoche y estuviéramos resolviendo el misterio del universo. Las ideas brillan, las soluciones aparecen como destellos, y de repente nos volvemos exquisitos, perfeccionistas, exigentes. ¿Te suena familiar? Ese momento en que deberíamos desconectar, pero en cambio subimos el volumen de todo.
No es el rasgo de la alta sensibilidad en sí lo que nos complica la vida, sino la dificultad de gestionarlo. Ahí es donde entra el arte de parar, de darnos permiso para hacer una pausa antes de que el sistema colapse. Porque si no lo hacemos, un día largo sin descansos se convierte en una señal clara: necesitamos resetearnos.
Micro pausas: el secreto para equilibrarnos
Entonces, ¿cómo paramos en medio del torbellino diario? Yo les llamo micro pausas, esos pequeños oasis de calma que podemos crear en cualquier momento y lugar. No necesitamos una hora entera ni un retiro en el bosque (aunque eso suena maravilloso). A veces, bastan unos minutos para que nuestro sistema nervioso se alinee de nuevo.
Imagina que estás en una oficina llena de gente, el ruido te envuelve y sientes que estás a punto de desbordarte. ¿Qué hago yo? Me meto al baño, apago la luz y me quedo ahí tres minutos. Solo tres. En la oscuridad, sin estímulos visuales —que son los más intensos para quienes somos sensibles—, el cuerpo y la mente se resetean. Es como apretar el botón de "reiniciar" en una computadora saturada.
Otra herramienta que uso es algo más portátil: esas máscaras que te cubren los ojos, como las que dan en los aviones. Las llevo conmigo y, cuando siento que voy a sobre activarme, me las pongo un par de minutos, aunque sea en un rincón del mundo. La clave está en anticiparse, en parar antes de que el agotamiento detone.
Caminar sin rumbo: un reset neurosensorial
Hace poco descubrí otra joya: salir a caminar. Pero no cualquier caminata. Me refiero a caminar sin rumbo, sin un destino que me tiente a ponerme obsesiva con los detalles. Pongo un temporizador en el celular —cinco, diez minutos, lo que tenga disponible— y dejo que mis pasos me lleven. No pienso en a dónde voy ni en qué voy a encontrar. Solo camino. Y cuando vuelvo, algo mágico pasa: mi sistema neurosensorial se acomoda. No lo noto en el instante, sino después, en la calma que se instala durante el resto del día.
El cambio está en la regularidad
Estas micro pausas no son un milagro instantáneo, y esa es la belleza. No se trata de sentir una diferencia abismal en el momento, sino de construir una regularidad que transforme cómo funcionamos. Con el tiempo, empezamos a preocuparnos menos, a angustiarnos menos, a enojarnos menos. Nos organizamos mejor, respiramos más profundo y vivimos con menos peso encima.
Ser altamente sensible no tiene por qué ser una carga. Es un rasgo que nos hace únicos, pero también nos pide cuidar de nosotros mismos de una manera especial. Las micro pausas son mi manera de honrar esa sensibilidad, de darle al cuerpo y a la mente el respiro que necesitan para brillar sin quemarse. ¿Y vos? ¿Qué pequeñas pausas podrías regalarte hoy?
La seguimos ;)
Tuti Krause
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